Relación médico-paciente

La relación médico-paciente es eso mismo, la relación que se establece entre el médico y su paciente.

Es una forma obvia de decirlo, aunque no por ello menos válida.

Las personas no vivimos aisladas; nos relacionamos con los diferentes elementos de la naturaleza, lo que incluye a otras personas: nuestros amigos, nuestra familia, nuestra pareja, nuestro jefe, nuestros maestros, etc.

Cada una de estas interacciones tiene sus propias características y propósitos. Evidentemente, no es lo mismo una relación jefe-empleado que una padre-hijo, y tampoco nos dirigimos con tanto cariño a un extraño que a nuestra pareja. Del mismo modo, la relación médico-paciente tiene sus propias características y objetivos.

¿Y cuáles son estos objetivos? Para obtener una aproximación, veamos los fines de la medicina propuestos en el informe Hastings:

  1. La prevención de enfermedades y lesiones y la promoción y la conservación de la salud.
  2. El alivio del dolor y el sufrimiento causados por males.
  3. La atención y curación de los enfermos y los cuidados a los incurables.
  4. La evitación de la muerte prematura y la búsqueda de una muerte tranquila.

La relación médico-paciente es fundamental para acercarnos a estos fines. En la práctica médica, para saber a qué te estás enfrentando, el primer paso suele ser obtener información del mismo paciente en una entrevista en la que te cuente todo tal como ocurrió.

Al poseer los conocimientos necesarios para determinar la causa del malestar, sus posibles consecuencias y las medidas a tomar, el médico adquiere las responsabilidades de garantizar un ambiente de confianza y mostrarse como un profesional capacitado, como alguien confiable cuyas indicaciones y consejos merecen atención, como alguien quien realmente va a aliviar el dolor y el sufrimiento de quien le consulta.

Si tu interlocutor se siente confiado, respetado y seguro, podrá sincerarse contigo. Así podrás obtener información de calidad para ayudarlo mejor. Podrás plantear diagnósticos más precisos y fomentar la adherencia al tratamiento propuesto. Por su parte, tus pacientes podrán sentirse aliviados desde el primer momento: muchas veces, más que consejos, queremos ser escuchados y solamente eso para encontrar la luz.


La relación médico-paciente ha existido incluso antes que la medicina como tal, pues el malestar, el padecimiento y el dolor existieron desde siempre. En algún momento surgió la necesidad de explicar estas condiciones y aliviarlas en la medida de lo posible.

En los albores de nuestro mundo, esta relación tenía matices religiosos y mágicos. Se pretendía la curación tanto del cuerpo como del alma, que eran vistas como una unidad. Sin los medios técnicos de nuestro tiempo, los conjuros, las oraciones, las pócimas y los exorcismos brindaban cierta sensación de mejoría.

Hasta hace poco, y quizá todavía en algunos lugares, la relación médico-paciente se sustentaba en un modelo paternalista y vertical, centrada en la autoridad del médico, quien tomaba las decisiones aunque estas no se ajustaran con las necesidades y expectativas del paciente. Se presuponía que el médico buscaba lo mejor para su paciente, quien debía limitarse a seguir sus órdenes. No existía la obligación de obtener consentimientos informados. Aun así, el médico solía vincularse profundamente con sus pacientes, con la familia y con la comunidad.

Ahora, en cambio, se busca una relación horizontal, de intercambio interpersonal específico y centrado en el paciente, quien asume un papel más proactivo en el cuidado de su salud, puede elegir aceptar o rechazar un tratamiento, cuestionar la opinión de su médico y solicitarle toda la información pertinente. Además, el médico del siglo xxi es responsable no solo ante sus pacientes y familiares, sino también ante las organizaciones e instituciones a las que pertenece o representa, así como ante las autoridades, la legislación vigente y los tribunales.


A pesar de los avances, la relación médico-paciente presenta problemas.

Si bien permanecen los elementos idealistas, ciertos factores negativos convierten al médico en un «elemento de mercado»: al igual que las fábricas producen zapatos, el médico ahora «produce consultas» como si fueran zapatos, tiene que producir x consultas al día. La restauración y el cuidado de la salud es una mercancía que puede comprarse y venderse en el contexto de un sistema capitalista.

Todos hemos escuchado eso de que «la vida no tiene precio». Lo realmente costoso son los servicios del personal y los tratamientos requeridos. Cada quien cobra según su criterio, y también según lo que considera un salario digno. Los médicos suelen quejarse de que los salarios en el sistema público son demasiado bajos para su especialización y sus condiciones de trabajo, aun cuando el monto multiplica varias veces el salario mínimo nacional.


Por otro lado, el desarrollo técnico de las últimas décadas nos ha entregado medicamentos más eficientes, herramientas de ayuda al diagnóstico, máquinas para el seguimiento y control de las funciones vitales y un conocimiento más profundo de la estructura y función del ser humano. Podríamos creer que, con todos estos adelantos, ¿quién necesita interrogar al paciente o preocuparse por sus condiciones de vida?

¿Para qué molestarse por su estado de ánimo si su insuficiencia cardiaca es incurable y lo mejor que puede hacer es resignarse? «Mejor le mando a que se haga estos exámenes de laboratorio y un par de placas, le doy esta pastilla por mientras y que venga de acá a dos meses, que todavía tengo otros doce pacientes esperando; mi turno es hasta el mediodía y ya son las once de la mañana.»

Por supuesto, un método impersonal puede hacer bien en muchas situaciones. Las técnicas quirúrgicas ayudan a alargar la vida del paciente. Las concentraciones de electrolitos, glucosa y otras sustancias raras, así como la revisión de radiografías y otras imágenes, son importantes para confirmar (o refutar) un diagnóstico presuntivo, saber si el tratamiento está funcionando y, según los resultados, seguir con el plan o introducir los cambios pertinentes. También puede ser conveniente obtener la opinión de otra colega experta y dejar que otro personal capacitado se encargue de extraer muestras de sangre, rellenar gráficos de funciones vitales o manejar el tomógrafo.

Sin embargo, el paciente que está frente a ti es una persona tan humana como tú. Se tomó su tiempo, incluso se tragó su orgullo y sus miedos, con la esperanza de que hagas algo bueno y útil por él. Es cierto que presenta algún mecanismo fisiológico alterado o tiene una infección fácilmente tratable con antibióticos. Es un objeto susceptible de reparación, como una máquina. Es mucho más que eso; es alguien que merece y necesita tu respeto y consideración.

Si tratas al paciente como un juguete que puedes mostrar a tus colegas e invitas a tus estudiantes a que jueguen con él como si fuera un tablero de mandos con botones y palancas, ¿cómo crees que se sentiría? Si tú estuvieras en su lugar, ¿realmente te daría igual? ¿Qué tal si no tuvieras tu formación médica y vienen y te hacen esas cosas?

El ver al paciente como una colección de órganos y moléculas puede ser algo útil en según qué casos, o volverse una estupidez. Hay problemas que no pueden explicarse en un plano puramente fisiológico. Recuerda que el estado de ánimo, la actitud, los problemas, el estrés y el contexto influyen en la salud, tanto que incluso pueden provocar síntomas clínicos o entorpecer el tratamiento.

Puedes empeñarte en tratar una depresión con fármacos, pero ten en cuenta que la gente no suele deprimirse porque sí. El sufrimiento tiene muchas caras. Puede aparecer con la angustia ante la enfermedad o sus consecuencias, o estar asociado con las tensiones de la vida cotidiana, con las consecuencias de una guerra o desastre natural o cualquier otra cosa.

Es el paciente quien pacientemente va a soportar el dolor y el sufrimiento asociados con sus males. O aprovechará su salud al máximo para disfrutar de las oportunidades y las aventuras que ofrece esta vida.

Para ser un buen médico, hay que poseer una base científica y técnica muy sólida. ¿De qué otro modo ibas a saber cuál es el tratamiento de una neumonía adquirida en la comunidad, por qué dar ese tratamiento y no otro y cuáles son los resultados esperables?

Sin embargo, también hay que practicar el trato humano porque parece fácil, pero no es así. Hay que adaptar el lenguaje según el grado de escolaridad, la cultura de procedencia, e incluso los prejuicios de ciertos grupos. Hay que adaptar las indicaciones según las circunstancias fisiopatológicas y socioeconómicas. Hay que aprender a llevarse bien con todo tipo de gente, tanto pacientes como el resto del personal de salud, los periodistas, los visitadores médicos, las autoridades, etcétera. Hay que aprender a reconocer nuestras diferencias con el resto de seres humanos y que, a pesar de ese hecho, todos compartimos un genoma similar y una misma dignidad.


Ser médico implica también tomar decisiones difíciles, no solo por el riesgo para el paciente, sino también porque pueden ir en contra de tus valores, de los de tu paciente, de la legislación vigente o de lo que sea.

Aprende a obtener información de calidad, a validarla por tu cuenta, desarrolla tu propio juicio ético. Aprende a sustentar tus decisiones difíciles… y a vivir con las consecuencias.

La realidad es lo que es, y uno debe aprender a trabajar con lo que hay. Los costos de la atención sanitaria no van a bajar de un día para otro porque sí, los sistemas de formación y atención sanitaria no van a cambiar de un día para otro con un papel firmado por la ministra de salud. Puedes luchar para mejorar la situación, y está bien. Sin embargo, recuerda también la moraleja de que «para cambiar el mundo, hay que comenzar por uno mismo».

Lecturas adicionales


Imagen de cabecera: Doctor greating patient de Vic se usa conforme a la licencia Creative Commons Atribución 2.0.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino E. Relación médico-paciente [Internet]. Ica (Perú): Mirimiri; 2020 ago 30 [actualizado 2021 jun 20, citado 2021 jul 23]. Disponible en: https://mirimiri.xyz/relacion-medico-paciente/.

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