Medicina interna

El estudio de las ciencias básicas te prepara para desempeñarte con éxito en el campo de la medicina interna, la medicina real, la que consiste en atender a personas que vendrán a tu consulta con diferentes malestares y problemas. De allí en adelante recibirás formación para resolver el tipo de problemas por el cual son demandados los médicos: alguien tiene algún malestar o inconveniente con su salud, y acudirá a ti porque quiere su salud de vuelta.

Primero, tienes que saber a qué te estás enfrentando. En otras palabras, tienes que establecer un diagnóstico, determinar cuál es la alteración que provoca estos desórdenes, cuál es la posible causa y qué se puede esperar en una situación así. Es aquí donde te preguntas: ¿Por qué esta persona está frente a mí? ¿Qué es lo que le pasa? ¿Qué es lo que siente?

Tal como has aprendido en patología, la enfermedad comienza con la alteración de una función o de una secuencia de reacciones en los niveles celular y molecular, que en algún momento se manifestará como síntomas perceptibles por el paciente (dolor, somnolencia, mareos, etc.), y signos observables y medibles por el médico (fiebre, edema, cicatrices, movimientos, etc.).

La agrupación de aquellos síntomas y signos atribuibles a la alteración de un mismo mecanismo fisiológico o genético permite configurar un síndrome. El síndrome de inmunodeficiencia humana surge como consecuencia de la afectación de los linfocitos T CD4 por el VIH, lo que provoca la alteración de la respuesta inmunitaria, El síndrome pilórico se manifiesta como náuseas, vómitos y dolor, producto de una obstrucción que obstaculiza el vaciado gástrico.

Al agrupar diferentes síndromes relacionados y organizar los datos de los exámenes complementarios y la información proveniente de muchos otros casos similares, es posible establecer el cuadro clínico de una «enfermedad».

La práctica clínica exige el desarrollo de ciertas habilidades especiales, habilidades para resolver problemas. La primera, tanto en orden como en utilidad e importancia, es la anamnesis. Debes aprender a recoger los datos relevantes del paciente en una entrevista, o varias, según el caso. ¿Qué síntomas presentó, desde cuándo, con qué intensidad, en qué circunstancias? ¿Hay algo a lo que atribuye su condición? ¿Ha presentado otras enfermedades en el pasado? ¿Qué medidas adoptó para calmar su malestar y cómo este influye en su vida diaria? Con una buena recopilación de los datos del paciente, y de ser necesario, también de los acompañantes, es posible formular hipótesis acerca de lo que puede estar mal.

A partir de sus hipótesis, la profesional dirige el interrogatorio y el examen clínico posterior. Pues, la recolección de datos no termina con las preguntas: hay que observar, entrenar el tan mentado «ojo clínico». En detalles como la disposición corporal, la expresión del rostro, la forma de caminar, la manera de expresarse, el color de la piel y cualquier otro aspecto llamativo, se pueden manifestar diferentes problemas que conviene analizar.

Es necesario tocar las diferentes estructuras corporales con buena técnica, para percibir variaciones en su tamaño, temperatura y otras situaciones extrañas. También percutirlas, pues los diferentes órganos suenan de una forma dada que puede variar con la enfermedad. También escucharlas: escuchar los latidos del corazón o los ruidos gastrointestinales. Estos son los cuatro procedimientos básicos del examen clínico: inspección, palpación, percusión y auscultación, respectivamente.

La evaluación puede incluir pruebas especiales para evaluar las funciones sensoriales y nerviosas, y procedimientos para medir los signos vitales: temperatura, frecuencia respiratoria, frecuencia cardiaca, pulso, presión arterial… Como ya has aprendido en fisiología y en otras áreas, todos estos procesos varían con la enfermedad (y en otras situaciones más).

Al ordenar esta información, deberías tener ya alguna idea de cuáles son los posibles problemas del paciente, y sus posibles causas. Deberías tener algún diagnóstico presuntivo, el cual debes confirmar con los resultados de los exámenes complementarios (que los hay de varios tipos: bioquímicos, hematológicos, microbiológicos, imagenológicos, histopatológicos, etc.) o de algún tratamiento provisional. Recuerda seleccionar los más adecuados según el contexto particular de cada caso, y que estos deberían ayudarte a confirmar una idea que ya tienes en tu cabeza y, con ello, establecer un diagnóstico definitivo.

En medicina clínica aprendes a tomar decisiones para comenzar a mejorar la salud del paciente a raíz de la consulta. Es decir, decidir internar a alguien con sospecha de apendicitis o de aborto, o recetar algún analgésico, o recomendar cambios en el estilo de vida, o lo que sea necesario y útil en ese momento. Aun cuando todavía estás averiguando el diagnóstico definitivo, muchas veces es posible hacer algo para solucionar el desorden empezando ya mismo. También podrías preguntarte qué se puede hacer para prevenir una situación similar en el futuro.

Incluso con un diagnóstico definitivo, aunque también si no es posible obtenerlo, recuerda que esa persona acudió a ti para que restaures su salud, y allí es donde entra el tratamiento, que puede incluir el uso de medicamentos, una operación quirúrgica, ejercicios de rehabilitación, regímenes dietéticos, artefactos especiales, etc. Concédele su importancia merecida a la terapéutica, aprende a establecer objetivos para el tratamiento, aprende a seleccionar el más adecuado, a implementarlo y a detenerlo.

Sin embargo, como sabes, no todo tiene una cura definitiva. Males como el SIDA, la insuficiencia cardiaca, la diabetes, algunos cánceres y muchos otros, tienen un curso progresivo e irreversible en este momento. Todo cuanto se puede hacer es detener o ralentizar este curso. Lo que el paciente espera de su médico en un caso así, es el establecimiento de un programa de cuidados a largo plazo, cuidados que le permitan aprovechar su salud restante al máximo durante muchísimos años más, hasta que la muerte ponga fin a la partida.

Para registrar cada uno de estos acápites, dispondrás de un formulario muy lindo llamado «historia clínica».

El formato puede variar según la institución donde te encuentres, pero como mínimo debe contener, al menos: los datos de identificación del paciente, las notas de la anamnesis y del examen clínico, los diagnósticos presuntivos y el plan de acción (estudios adicionales, internamiento, tratamiento, etc.), las notas de evolución si hay un seguimiento en el tiempo, el diagnóstico definitivo cuando existe, y la epicrisis que constituye un sucinto resumen de todo lo anterior, desde el ingreso del paciente hasta su egreso (por alta, retiro, defunción, etc.).

Cuando estudies la medicina interna, conocerás enfermedades de muchísimos tipos, al menos las enfermedades que se puedan compilar en pocos volúmenes. Por lo menos, deberías conocer las más comunes en tu contexto particular. De cada una vas a repasar su fisiopatología, te enterarás cuáles son los datos más resaltantes de la anamnesis y del examen clínico que te orientarán a pensar en un determinado síndrome y enfermedad, y cuáles son los estudios complementarios que te permitirán confirmar el diagnóstico. Luego, examinarás los diferentes tratamientos que se emplean para corregir la alteración que desencadenó la enfermedad, y los cuidados y otras medidas para retrasar su evolución en el caso de que no se pueda curar por completo. Por último, conocerás la evolución y el pronóstico más probable para cada uno de estos casos.

Sería interesante que repases también cómo prevenir muchas de estas enfermedades. Es satisfactorio ayudar a un paciente con curación y cuidados, pero es mucho mejor para esa persona si de antemano no se enferma o recibe tratamiento en etapas iniciales de la enfermedad, ¿cierto? Deberías enseñar a tus pacientes cómo evitarse problemas, sobre todo las infecciones, la obesidad, la malnutrición, la diabetes y ciertos cánceres.

Por supuesto, también hay que admitir que muchas situaciones no se pueden prevenir, y como tales, hay que estar atentos a su manifestación, manejarlas en la medida de lo posible y vivir tranquilamente con ello.

También debes recordar eso de «no hay enfermedades sino enfermos». Existen demasiadas variaciones entre todos los seres humanos, así que no puedes meter a todos en el mismo saco. Aparecerán casos en los que no podrás usar tu tratamiento de elección porque el paciente es hipersensible o resistente. O el curso de la enfermedad es atípico, o te encuentras con variaciones anatómicas, o el paciente te está ocultando algún dato importante, o sus condiciones de vida son poco favorables para una curación completa, o te encuentras con una combinación de síntomas y signos que no se relacionan con nada que hayas visto antes.

Lo que sea.

Aprende a adaptarte a cada paciente, para que puedas entregarle lo más adecuado para su situación.

Libros recomendados

Comienza con semiología, que te permitirá ordenar TODO lo que aprendiste en los primeros años de carrera. Aprende primero a identificar signos, síntomas y síndromes que puedas relacionar con alteraciones fisiopatológicas. Para ello, aprende a hacer buenas preguntas, practica los kata del examen clínico y repasa tus ciencias básicas. De hecho, si tuviera que recomendar un libro para regalar a cualquier ingresante a medicina, sería cualquier tratado de semiología.

La medicina interna suele subdividirse para abordar cada sistema orgánico y cada situación. Tienes la neumología, la cardiología, la endocrinología, la gastroenterología, la inmunología, la neurología, etcétera. Hay incluso tratados por cada especialidad, pero para medicina general te compensará más obtener uno que las concentre en un par de volúmenes.

Recursos adicionales


Imagen de cabecera: Doctor Nurse Review de orzalaga se usa conforme a la licencia Pixabay.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino E. Medicina interna [Internet]. Ica (Perú): Mirimiri; 2020 ago 31 [actualizado 2021 mar 2, citado 2021 abr 18]. Disponible en: https://mirimiri.xyz/medicina-interna/.

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