Dedicarse a la medicina humana

Mi primera clase de medicina fue un 8 de marzo de 2010.

Recuerdo aquella tarde soleada de un lunes a las tres, en un salón algo amplio, con el aire veraniego deslizándose entre las cortinas que cubrían aquel pequeño gran suceso como reservándolo para unos pocos «elegidos», cincuenta entre seiscientos que en el último examen de admisión ansiaban estar en nuestros asientos. Curso: Psicología; tema: Presentación de los alumnos y del curso.

No fue la gran cosa.

Tal vez lo diga porque estaba medio dormido en mi carpeta, por seguir la noche anterior mi costumbre antigua de hacer vigilia para recibir o conmemorar días relacionados con sucesos importantes.

Tal vez lo digo porque, al solicitárseme que me pare y me presente, actué con gran nerviosismo por querer causar una muy buena primera impresión. Creo que quienes me escucharon aquella vez se quedaron con la sensación de estar ante alguien «normalito» que suelta la misma parrafada genérica de «dar su mejor esfuerzo» y «ser la mejor versión de uno mismo».

Tal vez no lo fue porque la docente nos pidió presentar un papel con respuestas a preguntas que, naturalmente, eran de una evaluación psicológica. No sé… hubiera preferido que nos hablara de la importancia de la psicología para entender la conducta humana e intervenir sobre ella. En todo caso, habría preferido otra docente… u otra asignatura.

En los siguientes años repetí varios cursos, y en ese trayecto conocí miles de detalles inimaginables sobre el cuerpo humano, sustancias que no encontrarás en la farmacia y documentos, clasificaciones y normas técnicas que te hacen creer que el Ministerio de Salud tiene absolutamente todo bajo control. Gasté algunos cientos de soles en trabajos full copy&paste, expuse más de mil diapositivas, jalé un montón de esos parciales que «seguro el doctor los hace difíciles a propósito» y aprobé otras asignaturas casi sin esfuerzo y sin saber por qué.

Para algunos, esas circunstancias añadían emoción a su aventura; para otros, representaban dificultades que luego aprenderían a enfrentar. A muchos simple y llanamente les llegaba porque, bien la medicina humana les valía dos kilos de cilantro, bien sabían que podían comprarse a los doctores.

Tal vez muchas personas, aun dentro de la carrera y con muchos años en ella, todavía no tienen muy claro qué es lo que pretenden dedicándose a la medicina humana. (Yo, en su tiempo, fui el primero.) ¡Y yo pensaba que en esta facultad encontraría gente comprometida y seria por montones!

Más bien, me desmotivaba el hecho de que existieran muchas más personas, quizá la mayoría, para quienes la medicina valía un carajo y que estudiaban más por mandato del sistema que por compromiso visceral. Gente que se dedicaba a leer diapositivas y reciclar trabajos del ciclo pasado que probablemente los habían bajado de la Wikipedia y de Monografias.com en lugar de revisar páginas serias, bases de datos y libros de la especialidad.

A pesar de todo ello, con el paso del tiempo aprendí a apreciar la importancia de la medicina en esta sociedad.


La medicina es una de las ocupaciones más antiguas que existen.

Habría surgido cuando el ser humano comenzó a tomar conciencia de las propiedades de las hierbas que calmaban el dolor y recurría a la ayuda de los dioses para revertir una serie de males incomprensibles que podían conducir a la muerte.

La medicina ha evolucionado desde entonces. Nuestras técnicas y nuestro conocimiento del cuerpo humano se expandieron tanto que ahora es posible identificar y nombrar estructuras de tamaño menor a un micrómetro, fotografiar el interior de una persona viva y diagnosticar enfermedades provocadas por la ausencia de un tipo de sustancia que ni sabías que existía porque no te la enseñaron en el colegio (por ejemplo, las alteraciones del metabolismo de la urea). También se sabe que la información acerca de cómo somos y por qué somos humanos en lugar de gatitos, trigo o plancton está guardada en una molécula superenrollada y comprimida en un espacio menor a unos micrómetros de largo, con cien billones de copias en todo nuestro organismo.

No lo sabemos todo, pero sí lo suficiente como para que se escriban libros de más de mil páginas sobre temas que en el colegio requerían pocas hojas, como la anatomía, la fisiología, la bioquímica, la nutrición, etc., y para que la gente que quiera conocer lo básico necesite pasar siete años de su vida en la universidad. Sabemos lo que sabemos gracias al avance de la ciencia y la técnica, sobre todo a partir del siglo pasado.

Y, todo eso, ¿para qué?

Para que, cuando aparezca alguien diciendo que le duele la panza, sea posible determinar si es por haber comido en sitios de dudosa procedencia, porque le cayó mal la leche o por una peritonitis causada por una apendicitis aguda y, con esa consideración, dar el tratamiento adecuado: una pastilla con una tacita de té de manzanilla para uno y regresarlo a casita, decirle al otro que es intolerante a la lactosa y recomendarle que tome productos sin lactosa, y operar de emergencia al señor con peritonitis, con el respectivo internamiento y seguimiento en un hospital por unos días.

Eso es lo que hacen los médicos y para lo que se preparan desde siempre, aplicar lo que conocemos del cuerpo humano para calmar el dolor en todos los ámbitos posibles, preferentemente en todos (físico, mental, social, etc.). Para eso es que los estudiantes invierten un montón de tiempo en estudiar a profundidad el cuerpo humano y el uso terapéutico de todo tipo de sustancias, para aplicarlo en la curación y el cuidado de pacientes. Quizá sea esa la mejor explicación para la razón de ser de esta profesión a lo largo de la historia.

El médico establece su diagnóstico valiéndose de lo que dicen las personas. Rellena historias clínicas con todo lo que ellas cuentan y donde incluyen hasta los detalles más mínimos. Emplea toda serie de pruebas para buscar en la sangre, en las heces, en la orina, en el esputo, en el tejido vivo, alguna pista que le permita identificar la causa del problema de salud. Una vez hallada, proporcionará el mejor tratamiento para que sus pacientes vuelvan a sentirse bien, para recuperar la función perdida.

Es así incluso si se atiende una emergencia, un parto o un caso de una familia en conflicto. No es solo preguntar por el dolor de hígado; hay que tener en cuenta los hábitos y los motivos detrás de las acciones. (Sabemos que los alcohólicos, drogadictos y fumadores crónicos suelen usar varios tipos de sustancias por placer o para escapar de sus problemas.) Se evalúa a la persona de manera integral, también el trato con su familia y amigos, pues si tienes el apoyo de tu gente, es más fácil enfrentar, por ejemplo, un caso de discapacidad o de sida.

Sin embargo, ¿por qué el diagnóstico y el tratamiento serían lo único que se puede hacer con un conocimiento amplio del cuerpo humano?

Existe lo que llamamos promoción de hábitos saludables (lo clásico: comer bien, dormir lo justo, lavarse las manos, mantener la casa limpia, ser optimistas en la medida de lo posible y cuidar las relaciones con quienes nos rodean) y prevención de enfermedades (vacunación y detección precoz de cáncer, diabetes, hipertensión y otros males). Su finalidad es reducir los riesgos y promover que uno mismo se haga cargo del mantenimiento y conservación de su propia salud, pues como seres racionales que somos, podemos elegir entre disfrutar de una salud que nos permita alcanzar nuestras metas o morir poco a poco y con mucho dolor al final del camino.


El médico adquiere la responsabilidad de proteger la salud de las personas.

Creo que es eso lo que motiva a quienes se dedican con pasión a esta carrera y que los estudiantes que lo han entendido así son los que más destacan. De hecho, como en todo, sobresalen los más entusiastas, los aprendices activos, los que preguntan, investigan y hacen las cosas por su cuenta en este viaje de aprendizaje y descubrimiento sin esperar que los docentes o el sistema les den todo masticado y hasta digerido con su ácido clorhídrico, su amilasa, su pepsina, su lipasa y un montón de otras sustancias que ni recuerdo ni sé si les importarán a las personas que leen esto.

Considero que esa es una razón válida para dedicarse a la medicina humana.

Probablemente sea la mejor.

Pero no es la única.

Y, al contrario de lo que se pensaría o de lo que diría cualquier estudiante de la carrera, ni siquiera fue una de mis razones para empeñarme en seguir allí.


Diario del 2 de junio de 2012, corregido y adaptado para su publicación.

Imagen de cabecera: Doctors perform surgery together. de Official U.S. Navy Page es una obra del gobierno de los Estados Unidos.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino E. Dedicarse a la medicina humana [Internet]. Ica (Perú): Mirimiri; 2020 ago 30 [actualizado 2021 jun 19, citado 2021 jul 21]. Disponible en: https://mirimiri.xyz/dedicarse-a-la-medicina-humana/.

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