Anatomía

La anatomía es la rama de la biología que se ocupa de la descripción morfológica de la estructura de los organismos desde las perspectivas macroscópica y microscópica. Es un buen punto de partida para comenzar a conocer la maravillosa y complicada maquinaria que compone nuestro cuerpo.

Si como profesional de la salud pretendes solucionar un problema, uno de los primeros pasos es delimitarlo, localizarlo. El cuerpo humano tiene muchísimas partes, y cada una puede traer problemas más o menos graves, por lo que se vuelve necesario conocer la estructura de cada una, su relación con las otras, su localización y las consecuencias que podría suponer su alteración. El conocimiento morfológico también es muy importante para evaluar su función en el curso de fisiología.


Primero repasarás algunos aspectos generales y reconocerás la importancia de la utilísima terminología anatómica, que es la que se emplea para describir en lenguaje técnico cada una de las estructuras que conforman nuestro organismo. Ya no hay que inventar la rueda: Vesalio y sus descendientes ya se ocuparon de describir cada detalle mínimo del cuerpo humano, y las asociaciones internacionales de anatomistas ya le pusieron nombre a (casi) todo; tu tarea, pues, será ejercitar tu memoria y estudiar.

Mientras lo haces, piensa en que cada una de las piezas que componen nuestro ser existen por algo y que ninguna está aislada de las demás. Seguramente en el colegio habrás aprendido sobre los sistemas digestivo, respiratorio, circulatorio, etc., lo cual ya nos da una idea de que los diferentes órganos están interrelacionados. Cada hueso, cada músculo, cada víscera… cada parte está puesta allí para cumplir una función (que seguramente aprenderás luego), y la coordinación de todas produce las diferentes manifestaciones de la vida.

Con un poco de paciencia y persistencia podrás describir todas y cada una de las diferentes estructuras anatómicas del cuerpo humano. ¿Cómo, si no, sería posible describir los huesos de la base del cráneo? Tienen un montón de huecos —de ahí la expresión «cabeza hueca»— que dan paso a las arterias, venas y nervios que entran y salen de la bóveda craneal para transportar sangre y transmitir percepciones u órdenes. Cada una de sus elevaciones y depresiones permiten el correcto acomodo de las diferentes partes del encéfalo. Aun así, hay que tener bastante imaginación para describir huesos como el etmoides o el esfenoides y escribir un libro con todo eso.


La mejor forma de aprender la anatomía es mediante la observación de estructuras reales, que correspondan a personas reales. El médico peruano Hipólito Unanue decía: «El cadáver disecado y demostrado es la sabia y elocuente escuela en que se dictan las más seguras máximas para conservar a los vivientes».

Es cierto que los esquemas con lindos colores ayudan, es cierto que las fotografías y videos de otras disecciones ayudan, sin embargo, ¿cómo esperas conocer un epiplón, un trocánter mayor, una aorta descendente o una tiroides si no los ves, si no los palpas, si no te ensucias las manos para coger los diferentes órganos y sentir su textura? Algún día recibirás entrenamiento en cirugía, recuerda que vas a operar a personas vivas. Cuando termines de hacer la incisión, los órganos no tendrán colores brillantes ni contornos definidos, no serán tan perfectos como los de la foto.

Aprenderás que hay variaciones. Ciertas estructuras se presentan en disposiciones que no son las más frecuentes en los libros de texto, y la gente puede vivir tranquilamente con eso. Ni se hacen problemas porque ni se enteran. No me refiero a situaciones como la dextrocardia o los riñones en herradura (que sí suelen traer inconvenientes), sino de algo tan peregrino como la distribución de las arterias coronarias o de las mesentéricas. Podrían ser cosa de nada, pero si durante una cirugía no estás pendiente de esas variaciones, la vas a pasar mal y probablemente le causes un mal rato al paciente.

Por ello, lo ideal es que en tu escuela te expongas a varias muestras diferentes de órganos, huesos, etc. (y puedas acceder también a radiografías, ecografías, tomografías y otras imágenes) para examinar las similitudes y las diferencias.


Cuando llevé el curso de anatomía, lo dividían en ocho segmentos: siete de anatomía topográfica (miembro superior, miembro inferior, cabeza, cuello, tórax, abdomen y pelvis) y uno de neuroanatomía. La anatomía topográfica es útil para que te des cuenta de que, en un mismo espacio, las diferentes estructuras se relacionan entre sí, aun si es por el mero hecho de ser adyacentes, sin importar si pertenecen al sistema circulatorio, locomotor, etc.

Conocer estas relaciones es muy útil para comprender, por ejemplo, las diferentes causas de dolor torácico, para que nunca más confundas una angina con una pericarditis y ambos con una pleuritis. (¿Acaso creías que el dolor retroesternal siempre es señal de un infarto?) Saber qué hay en cada lugar es muy útil para generar hipótesis de diagnóstico.

También te cuidarás de realizar ciertas maniobras en una sala de operaciones según qué vaso o nervio podrías lesionar con su ejecución. Piensa en lo que pasaría si cortas los nervios recurrentes junto con la tiroides, o si al momento de colocar una inyección en los glúteos pinchas el nervio ciático mayor. Y si te encuentras con una fractura o un adormecimiento, debes considerar el estado de las arterias y nervios que pasan por la zona lesionada y predecir las posibles consecuencias.

No nos engañemos, en los exámenes suelen preguntar cosas como la cantidad de segmentos broncopulmonares del pulmón derecho, aunque también algunas correlaciones clínicas, que es para lo que sirve la anatomía en la consulta médica, como el nervio cuya lesión provoca el entumecimiento del triángulo cervical anterior.

Si quieres una sugerencia para aplicar los conocimientos anatómicos, dedica los fines de semana a resolver correlaciones clínicas, como las que tienen que ver con lesiones del sistema nervioso o de los órganos de la cavidad toracoabdominal. Si te sobra tiempo, aprende examen clínico (la palpación, en particular) y ve a prácticas de fisioterapia y rehabilitación.

Libros recomendados

Si vas a adquirir un tratado de anatomía, ten en cuenta que los más recientes usan la Terminología Anatómica, pero en algunas universidades todavía se enseña la Nómina Anatómica (que es la que aprendieron los docentes mayores en su época). Tampoco es que sean tan discrepantes o que la diferencia sea relevante en la práctica clínica, pero podrías llevarte algún susto en algún examen o paso oral. Pide exámenes de años anteriores y aprende los sinónimos más frecuentes (porque los hay).

Si es posible, intenta conseguir un atlas de disección, como el Abrahams y McMinn. Atlas Clínico de Anatomía Humana o algún otro. Te será útil para hacerte una idea de cómo se ven realmente los órganos. Busca también algún libro o curso de disección; es posible que en la facultad no te enseñen a hacer incisiones ni a manejar con delicadeza las vísceras. (Al menos a mí nunca me enseñaron, o iba tan distraído que nunca me enteré de si le enseñaron a alguien.)

En su momento utilicé el Compendio de anatomía descriptiva de L. Testut y A. Latarjet. Como dice su introducción, está dirigido a quienes ya aprendieron la anatomía topográfica descriptiva (de hecho, no contiene ilustraciones ni casos clínicos) y usa la Nómina Anatómica, pero a mí me servía como repaso rápido. De todos modos, quizá el contenido ya no sea aplicable para lo que enseñen en tu universidad, así que consulta primero a tus mayores.

RECURSOS ADICIONALES


Imagen de cabecera: Skeleton Bone Anatomy de KarinKarin se usa conforme a la licencia Pixabay.

Cita este artículo (NLM) como:
Vera-Palomino E. Anatomía [Internet]. Ica (Perú): Mirimiri; 2020 ago 30 [actualizado 2021 jun 20, citado 2021 jul 23]. Disponible en: https://mirimiri.xyz/anatomia/.

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